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PRÓLOGO: Mente, Cerebro, comportamiento, y evolución cognitiva

 

Tratar de responder a las antiquísimas preguntas, de dónde vengo, hacia dónde voy, y quién en realidad soy, es y ha sido el propósito común de la ciencia, filosofía y religión aunque cada una de ellas con sus propias leyes y sistematizaciones. Estas tres preguntas existenciales que durante siglos han sido la preocupación de pensadores, las sintetizaré en una palabra: ‘Trilogía’.

Los primeros en contestar a la Trilogía fueron aquellos místicos de los tiempos remotos,fundadores de las religiones, los cuales obtuvieron las respuestas a través de revelaciones provenientes de seres inmortales. Estos “seres extraterrestres” poseían el conocimiento del origen, desarrollo y muerte del Universo, y de todo lo que hay dentro de él en beneficio o detrimento de la humanidad. Luego aparecieron los grandes filósofos griegos estableciendo las técnicas de la lógica deductiva e inductiva para resolver esta evasiva Trilogía. Sin embargo, después de varios siglos de esfuerzos, a los filósofos les fue imposible encontrar modelos fiables sobre los fundamentos de la existencia humana. A partir del siglo XX simplemente abandonaron su búsqueda para dedicarse de lleno a la ética, estética, lógica, lenguaje, y otras disciplinas relacionadas con la adaptación de la vida personal dentro de la sociedad.

Mientras tanto la ciencia –hija rebelde de las doctrinas teológicas– se separó paulatinamente de las religiones y trató de responder a la Trilogía basándose en un Universo estático y uniforme, donde espacio y tiempo eran independientes de la materia. Fue en aquella época anterior a Einstein cuando el funcionamiento del Universo se comparó figurativamente a un gigantesco reloj, y las leyes naturales que lo gobiernan a la cuerda que le da animación. No obstante se preguntaban, ¿quién o qué dio cuerda a este enorme reloj universal?

–Un Dios impersonal– era la respuesta susurrada en los pasillos por los físicos.

Esta noción de un Universo predestinado convenció a la mayoría de los científicos en “ciencias duras” (física, química y matemática) de que la naturaleza no poseía más secretos por ser descubiertos. ¡La física había llegado a su fin!

Sin embargo a comienzos del siglo XX irrumpen sorpresivamente en la arena científica los insólitos conceptos de la física cuántica; una teoría que explicaba el Universo únicamente por ecuaciones matemáticas obteniendo conclusiones en total desacuerdo con el sentido común. Obviamente, los científicos ortodoxos reaccionaron negativamente. Esta recién llegada parecía ser una seria amenaza a las bien establecidas descripciones del “mundo concreto”. Nadie sospechó que esta nueva física iba a descifrar el “substrato” del Universo, y que a su vez, establecería la infraestructura para el futuro desarrollo de una vorágine de hallazgos jamás imaginados.

La crítica contra esta innovadora teoría creció aún más cuando el fundador de la física cuántica, Max Planck, durante su discurso de aceptación de su Premio Nobel de Física en 1918, afirmó:

¡No existe la materia como tal! Toda la materia se origina y existe únicamente en virtud de una fuerza que hace vibrar las partículas de un átomo y que las mantiene unidas a su infra minúsculo sistema solar atómico. Hemos de asumir que detrás de esta fuerza existe una mente consciente e inteligente. Dicha mente, es la matriz de toda materia”.

En otras palabras, según Planck, la mente es la estructura subyacente de la materia que permite la existencia de los átomos; concepto absolutamente inaudito para las reflexiones Newtonianas. Seguro que la declaración de Planck fue un sacrilegio tan inmenso como el de Copérnico cuando su modelo heliocéntrico expulsó al hombre del centro del Universo.

Más tarde, y sin ningún remordimiento por lo dicho, Planck mantuvo su posición declarando:

 “Considero a la consciencia como fundamental. Considero a la materia como derivada de la consciencia”.

En vista de que derivado significa “algo que se basa en otra fuente” y como en aquella época el término ‘consciencia’ y ‘mente’ eran conceptos prácticamente intercambiables, lo que realmente Planck reveló a la asombrada comunidad científica fue:

¡La materia proviene de una mente! Mejor dicho, el mundo que vemos lo construimos nosotros mismos y sin la presencia y participación de la mente, ¡la materia no puede existir!

Otro brillante físico cuántico y matemático, Freeman Dyson, respaldó a Planck al afirmar:

“La mente es inherente en cada electrón”.

Ya que la física cuántica no tiene interés alguno en los acontecimientos que ocurren fuera de su dominio atómico, cualquier intento dentro de nuestro macro-mundo de incursionar con estas teorías es automáticamente descartado; y ni hablar de alguna interpretación filosófica. Pero yo creo que la ciencia sin un contenido filosófico es como un barco sin tripulación en medio de un agitado océano; y en cuanto a negar cualquier influencia cuántica en nuestro macro-mundo, me parece una opinión un tanto apresurada. Después de todo, ¿no somos nosotros esencialmente sólo una enorme federación de átomos y como tal, inventores de la ciencia y la filosofía?

De ahí que cometí la osadía de entrelazar la lógica deductiva, integral y sistemática de la filosofía con la lógica matemática, reduccionista, calculable y medible de la ciencia. Esta alianza, a contrapelo para las “ciencias duras”, la denominé El Teorema Humano porque dicho título precisamente es una insinuación del compromiso entre lo científico (Teorema), con lo filosófico (Humano).

Los hombres construyen demasiadas murallas y no suficientes puentes– dijo Newton.

Pues bien, considero a este Teorema Humano como uno de los puentes a los que Newton se refiere. Un “puente” filosófico-científico que permite reexaminar la milenaria Trilogía usando las concepciones post-modernistas de la física cuántica.

Indiscutiblemente la mejor fundación para construir la infraestructura del “puente” es el concepto mente de Planck. Aunque provenga de Planck, aceptar a la mente como la columna vertebral de mi hipótesis no es fácil, incluso reconociendo que en la nueva física, los conceptos contra-intuitivos son una norma. Por añadidura, cualquier definición consensuada del factor mente entre las diferentes disciplinas del saber es prácticamente imposible. De hecho, en la actualidad ellas tienden a aislarse más y más dentro de sus propias especialidades. Lógicamente la abstracta noción de mente también fue parcializada por este segregacionismo, dando como resultado definiciones disímiles, según la conveniencia de cada rama de conocimiento. Podemos decir que el significado del concepto mente es tan amplio que puede ir desde, “una expresión de la potencia intelectual del alma”, hasta “la manifestación de un fenómeno emergente de la red neuronal del cerebro”. Bajo mi punto de vista, la mente tiene atributos universales al igual que la gravitación o las fuerzas atómicas. Por consiguiente, para poder consolidar a la mente como un soporte universal, tuve que reconstruir su significado desde las raíces. Esto requirió superar las típicas dificultades que siempre están presentes cuando la unidad en estudio es un intangible, ya que tal condición, no permite verificaciones de un modo directo. Por lo tanto, la mejor forma de validar la hipótesis de este Teorema Humano fue seguir la metodología desarrollada por el gran matemático y filósofo griego Euclides. Todo teorema Euclidiano no requiere pruebas experimentales para sustanciar su legitimidad, sólo demanda una lógica deductiva patrocinada por otras teorías de autoridad establecida, o que la hipótesis sea tan obvia que cualquier negación sería considerada completamente absurda.

En resumen, creo que estudiar a la mente considerándola como una constante universal, y luego analizar la manera en cómo vemos el mundo no sólo nos da las respuestas a la Trilogía, sino que también nos permitirá una nueva visión acerca del entorno natural y de nosotros mismos. Tal profundo entendimiento inevitablemente expandirá el conocimiento y comprensión de nuestras limitaciones, potencialidades, y nuestro lugar dentro del contexto universal. Informaciones invaluables que evidentemente nos ayudarán a controlar los obstáculos que obstruyen el arte de vivir. Por estas razones este estudio fue dividido en seis capítulos:

  • La Realidad Universal, que establece las condiciones en donde la mente se manifiesta según mi proposición, y describe la interacción básica entre el mundo cuántico y el “real”.
  • Los Postulados, que establece las bases para sustentar mi prototipo de una mente con carácter universal, y describe sus propiedades.
  • El Sistema Cognitivo, que establece la estructura y funcionamiento de un prototipo mental.
  • El Medio Transfísico, que establece la influencia del mundo cuántico en la humanidad, y describe sus efectos en el individuo.
  • Epílogo, que establece las respuestas aplicables a la Trilogía usando los conocimientos de nuestra era informática.
  • Reflexiones.

Me parece que este ensayo –concebido bajo la sombra de la física cuántica– puede considerarse como una “filosofía científica”, o una filosofía bajo el punto de vista de la ciencia, debido a su índole epistemológica y ontológica; particularmente porque es una descripción de las variables del micro-mundo cuántico que influencian lo que somos, hacia donde vamos, de donde venimos, y por extrapolación, nuestra calidad de vida y bienestar.

En conclusión, este estudio fue escrito con la intención de ser una plataforma en el desarrollo de mi prototipo, el Sistema Cognitivo Terrestre; el que a su vez es una contextura incorpórea que permite responder a la Trilogía de acuerdo con el saber de nuestro siglo a través de su interrelación entre el mundo cuántico y el mundo real. Para la arquitectura de este prototipo utilicé el conocimiento moderno de la física cuántica, la filosofía, y la neurociencia social como infraestructura. Esta tarea la he llevado a cabo a lo largo de casi medio siglo de investigación multidisciplinar, apoyándome en mi educación en física nuclear, ingeniería química, filosofía, y en una rígida evaluación lógica; así como en la influencia del filósofo Alemán Arthur Schopenhauer, quien vio a la materia como siendo organizada por la actividad de la ‘mente’.

No tengo duda que la interacción entre la ciencia y la filosofía es la forma más precisa para comprender nuestro comportamiento y el medio ambiente en el cual estamos sumergidos.

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